De la vida y la muerte como motor – Filosofía estoica

El filósofo entiende que la vida y la muerte son indiferentes, y aunque no prefiera esta última, la recibe sin perturbaciones. Vivir de manera adecuada prepara al ser humano para el momento de la muerte.

Para los filósofos antiguos, la muerte no es un evento único e irrepetible, sino que la vida y la muerte forman parte de un proceso de regeneración que se da a diario. Vivir se trata de morir un poco todos los días. Los estoicos elegían un modelo a seguir, contemplaban todas sus virtudes y trabajaban a diario para acercarse a este, aunque sea un pequeño paso. Al incorporar esta práctica, dejamos morir una parte de nosotros para dar nacimiento a una virtud que nazca en su lugar. 

“Evidente es que nada permanece en el punto en que nació: el género humano se mueve continuamente, y todos los días cambia algo en este vasto conjunto. Échanse los cimientos de ciudades nuevas; otras naciones aparecen, cuando mueren o cambian de nombre las antiguas, incorporadas a los pueblos vencedores”

Séneca

Todas las cosas cambian y más temprano que tarde desaparecerán. El cambio es vida y es muerte, podemos intentar retrasar lo inevitable, pero no existen posibilidades de escapar de ello. 

La vida de la mayoría de los humanos es una tragedia autoinflingida. Algunas personas se permiten ser soberbios por sus logros y otras se atormentan por los agravios que reciben. La realidad es que todo por cuanto nos preocupamos es frágil, pasajero, carece de importancia y dura poco. 

Es natural afligirse con la muerte de un ser querido, incluso los animales se afligen por la pérdida de sus crías. Pero hay quienes pasan los límites naturales de la aflicción y se dejan arrastrar por pensamientos depresivos y por sus vicios. El hombre sabio acepta su dolor y lo soporta, pero sin tirar leña al fuego, no lo sigue alimentando, recayendo una y otra vez en los vicios.

Cuando Jenofonte, uno de los alumnos más destacados de Sócrates, recibió la noticia de la muerte de su hijo, se limitó a responder que sabía que era mortal. 

Hay una realidad objetiva y es que todo lo que nace está destinado a perecer.

¿Cuántos cuyos nombres jamás sabremos, ya extinta su vida, descansan olvidados, como si nunca hubieran nacido? 

Y al dedicar todo nuestros pensamientos hacia las posesiones materiales, el poder y el prestigio, no hacemos más que desperdiciar nuestro tiempo. ¿Qué diferencia hay en ello? La muerte toca las puertas del palacio del rey y de la choza del mendigo por igual. 

El filósofo busca liberarse de los asuntos del cuerpo dando prioridad a los asuntos del alma. Para el sabio, libre de todo sufrimiento corporal, la vida y la muerte son lo mismo. Los sabios no se lamentan por los muertos, consideran que existen otros aspectos de los cuales deberíamos lamentarnos. 

Uno de estos es la ignorancia, considerada una forma de muerte en vida, aquello que nos prohíbe progresar a lo largo de nuestra existencia, haciendo que la propia vida quede estancada. 

Si no somos capaces de alcanzar un mínimo de justicia, fraternidad o bondad, ¿por qué nos perturba el pensamiento de la muerte?

Tenemos la obligación de adquirir las virtudes y sabiduría durante la vida, ya que frente a la muerte física, es posible que esto sea lo único que realmente podamos conservar.

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